La llamada del hutong

La llamada del hutong

Esta foto la hice en uno de mis paseos por un hutong de Shanghai. En abril de 2012.

Algún día hablaré de este tipo de barrios de lo que fue la China comunista, de cómo se organiza, cómo se vive y de su gente, que es maravillosa.

De momento os dejo con esta foto, con las ganas de visitarlo o de recordarlo, y con la recomendación de que si alguna vez aterrizáis en Shanghai o en Beijing dediquéis al menos una hora a pasear solos con vuestra cámara por uno de estos laberintos de seres pacíficos. Están llenos de sorpresas y de gente buena.

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Qué haría un fotógrafo profesional con una cámara de 2 megapíxeles

David Hobby, más conocido como Strobist, acepta el reto de los chicos de DigitalRev. Le dan una cámara para niños de 3 años, una Buzz Lightyear de 2 megapíxeles (¿¡!?), y le llevan de paseo por Hong Kong para ponerle a prueba.

Strobist se ha curtido en el duro oficio del fotoperiodismo durante dos décadas, y es bien conocido por su maestría en el uso de la luz artificial portátil, o sea, los flashes de mano, así que también le dejan usar 3 flashes de la marca “Nisu”.

Veréis en una parte del vídeo que usa filtros ND para alterar de alguna manera las limitaciones de la obturación. Está usando flashes, o al menos eso intenta, y eso le llena de luz el sensor. Los filtros ND se suelen usar para poder reducir unos pasos el diafragma, para desenfocar el fondo, por ejemplo, cuando ya no podemos reducir más las ISO o aumentar la velocidad de obturación.

David Hobby publica en su blog sus impresiones sobre la experiencia. Y es el capítulo final de la serie de vídeos de DigitalRev “Pro Photographer, Cheap Camera“, que junta pros con cámaras de medio pelo. Hay vídeos divertidísimos.

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Estación Poznan

Poznan es una ciudad del oeste de Polonia, región de Wielkopolskie (Gran Polonia). Se suele llenar de alemanes juerguistas que buscan cerveza barata porque está a poco más de tres horas en tren desde Berlín. Yo no llegué a Poznan desde Berlín sino desde Gdansk, una conocida ciudad del norte de Polonia, bastante curiosa, y de la que ya subiré alguna foto en este blog algún día.

tren en la estacion de poznan

La estación de Poznan ya de por sí merece unas fotos, por el hecho de ser una estación, claro, cómo no. El encanto de las estaciones, el óxido que forma la tristeza que dejan los pasajeros que por ellas pasan, herrumbre de décadas; el olor a traviesa, abrazos, besos, detenciones, gritos, carreras por el andén, despedidas, desamores… y todas esas historias que no conocemos pero que percibimos cuando esperamos en cualquiera de ellas. Cualquier estación merece ser retratada.

llueve en la estacion de poznan

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No siempre hago fotos en las estaciones, por llevar la contraria, pero esta me hizo sacar la cámara y disparar nueve fotos porque nunca vi llover de ese modo mientras esperaba un tren. Tuve tiempo de sobra para recrearme, los trenes de Polonia siempre llegan con retraso.

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Rabia y alegría en la feria de Ojacastro

Todos los años se celebra una feria de ganado y de artesanía en Ojacastro, La Rioja. Viene gente de toda la comarca y hasta de Logroño o de Burgos para ver el ganado y los puestos de artesanía, muchos de ellos regentados por apasionados del do it yourself. Por supuesto, como estamos en La Rioja todos vienen a comer y a beber (yo el primero).

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Al hacer clic en las fotos se ven más grandes, las he subido a Flickr

Comida y bebida no falta. Morcilla, ternera, churros, cerveza, pipas, caparrones, vino… lo que sea. Especial atención merece la vaca asada. Un experto asador y sus compañeros colocan la noche antes una vaca entera sobre unas brasas, donde se pasa cocinando un mínimo de doce horas vuelta y vuelta. Has leído bien: doce horas. Es una de las carnes más tiernas que he probado en mi vida. Los que quieren saborear ese manjar piden unos tickets y a lo largo del día van a por su parte de la vaca. Y se come de pie, como aperitivo, y con un trozo de pan y vino tinto riojano (no puede ser cualquier cosa). Lo de comer la ternera de pie no es problema, creo que hay gente que hasta levita a unos centímetros del suelo.

De paseo por Ojacastro me encontré con un personaje curioso de esos que me gusta retratar. De esas personas con cierto aire de “realismo social”.

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Se llama Julio Montoya y vive en Ojacastro. Cuando le conocí estaba pelando nueces y viendo a la gente pasar. Le pregunté amablemente si me dejaba hacerle un par de fotos. Le hice tres. No había terminado de bajar la cámara tras la última foto cuando empezó la conversación. Noté un resentimiento de décadas cuando me dijo, casi apretando los dientes pero sin cambiar el semblante con el que aparece en las fotos: «tenías que haber hecho fotos de lo que me pasó a mí hace años».

Yo estaba entusiasmado, aquel hombre me iba a contar una historia milenaria de conflicto local. Le pregunté que de qué se trataba y me dijo que tenía una moto que le costó diez mil pesetas, que la metió en un garaje y que se la robó un señor. Cuando la Guardia Civil dio con aquel malhechor le dijeron al bueno de Julio que por aquel robo le meterían en la cárcel. La sorpresa, el disgusto, llegó cuando aquellos mismos guardias civiles le dijeron que la manutención del preso correría de su cuenta (de la de Julio).

«Sí, claro, voy a pagar yo a este sinvergüenza para que esté a la fresca, cuando él me ha robado mi moto» dijo esta vez con rabia, como si fuera un conflicto de antes de ayer y apretando aún más los dientes. Era una frustración que sin duda había estado cocinando durante más de cuarenta años, una rabia que, lejos de enternecerse, como la vaca en las brasas, se había corroído y ahora el óxido a duras penas salía de su cuerpo. Tenía que apretar los pulmones para que le saliesen raspando las frases con las que me contó su historia. Ahí dentro estuvo durante décadas esa impotencia ante una injusticia y ahí, probablemente, se va a quedar hasta que Julio ya no sea parte de este mundo.

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Ni el vino, ni el ambiente festivo, ni el buen comer hicieron de Julio una persona feliz mientras me contaba aquello que le torturó durante tantos años. Es más, diría que por dentro lloraba, pero su educación no le permitió expresarlo con llanto. En el ocaso de sus días aquella anécdota seguía marcada como lo peor que le había pasado en la vida. Con la de cosas que habrá vivido este hombre…

Tras una breve charla y algunos mensajes de ánimo dejé a Julio con sus nueces y bajé hasta el lugar donde está el ganado expuesto. Por el camino tuve oportunidad de hablar un rato con el alcalde de Ojacastro, que es buena gente, pero la intensidad de las historias que me contó no le llegó ni al betún de lo que acababa de oír unos minutos antes por boca de Julio Montoya.

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Llegué donde el ganado se estabula. Lo crean o no, ahí se cierran tratos y la gente compra y vende animales. Es una feria de ganado, sí, es lo normal, pero yo que soy ratoncito de ciudad no estoy acostumbrado a ver cómo se cierran ventas de seres que luego se comen.

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Había unas vaquitas muy majas. Me dijo su dueño que valían unos 750 euros cada una. Y yo que siempre pensé que una vaca valía lo que un coche (por el tamaño y por estar viva)… También había ovejas, caballos, tíos con varas y con cierto gesto de amenaza, y todo eso que forma parte de una feria de ganado.

La vaca que llora

Algunas vacas parecen felices y otras parece que lloran (haz clic para verla más grande)

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Termino no sin antes aconsejaros unos paseos por Ojacastro y sus alrededores. A unos pocos kilómetros está Ezcaray, conocida por su festival de Jazz y por las pistas de esquí de Valdezcaray. También muy cerca de ahí está el acebal de Valgañón, otro trocito más del paraíso que es La Rioja.

Y añado una puerta más a mi colección de puertas.

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Qué objetivo usar cuando tenemos poca luz

Fotómetro, 1/8, f4, ISO 400

El fótometro indica en la parte superior derecha la ISO (400), la T a la izquierda es la velocidad de obturación (1/8) y a la derecha marca la apertura (f4.0)

Este sábado cubro un reportaje de esos que hay que hacer especialmente bonitos. Serán fotos de interior y de exterior. Como hay tiempo para prepararlo fui a medir la luz a la sala donde serán las fotos de interior y el fotómetro me dijo que, en el mejor de los casos, tendría una obturación de 1/8 para f4.0, a ISO 400. En este artículo hablo de cómo se mejoraría esa velocidad de obturación tan horrorosa usando diferentes lentes.

La velocidad de obturación es donde siempre se mira cuando haces interiores, es casi una obsesión, y siempre se está al borde de que se trepide la foto buscando algo más de calidad. Se puede usar un flash, sí, pero a distancia no vale de nada, y para ciertas fotos donde quieres capturar la luz natural del lugar usar el flash es como matar moscas a cañonazos, sobre todo porque el flash crea sombras falsas.

La ISO 400 es lo que selecciono casi siempre para los reportajes, suele ser válido para interior y exterior y así no tengo que cambiarla. La ISO 100 o 50, que es la calidad ideal, la uso para fotos de estudio o en casos de mucha luz, y no siempre se tiene la suerte de contar con tanta luz. Por eso cuando mido el fotómetro lo tengo en 400 ISO.

Mi compañero de fatigas, el Canon 24-105 f4 con estabilizador. El “Panzer” de Canon.

El objetivo que uso en el 95% de los casos es el Canon EF 24-105 mm / 1:4,0 L IS USM que casi nunca hay que cambiarlo porque, aparte de tener una nitidez brutal y un enfoque rapidísimo (muy importante en reportajes), el rango de longitud focal, de 24mm a 105mm, abarca casi todas las necesidades de un día de trabajo. La única pega posible que se le puede buscar es que no baja de f4.0. Algunas personas prefieren el Canon 28-70 mm f2.8 EF L USM porque es más luminoso (hasta f2.8), o sea, que permite que entre más luz y por tanto subir la velocidad de obturación. Este lo descarto porque es menos funcional que el 24-105, pero reconozco que tiene una calidad y una luminosidad envidiables.

Iré por partes, primero, qué problema nos plantea esa medida que tomé para mi reportaje del sábado (recordemos 1/8 y f4.0 a ISO 400). En principio lo peor es la escasa velocidad de obturación. Normalmente, por debajo de 1/50 nos la estamos jugando.

Hay maneras de saber cual es el límite de velocidad de obturación en función de la distancia focal que estemos usando, sí, hay millones de webs que llenan cientos de artículos (suele ser que si X es la longitud del objetivo, no bajes la velocidad de 1/X) hablando de calcular el punto justo de velocidad de obturación para que no se trepiden las fotos, pero seamos prácticos: en medio de un reportaje abres y cierras el objetivo unas “trescientas” veces y no vas a cambiar la velocidad de obturación tantas veces como de distancia focal. Se podría, sí, pero si te despistas te puedes dejar unas cuantas fotos “movidas” por el camino. Y las fotos movidas no las pagan por muy artísticas que hayan quedado.

Con el tiempo te acabas acostumbrando a que el objetivo sea una extensión de tu cuerpo y ya sabes hasta dónde puedes llegar y dónde no con la velocidad de obturación. Una vez más sale a relucir la importancia de hacer muchas fotos, lo importante que es salir a disparar miles de fotos y aprender del objetivo que tienes. Un objetivo no “te lo acabas” en menos de un año aunque hagas fotos a diario, y eso siendo profesional, que te enfrentas a cientos de problemas que resolver en plena acción, y el momento de la foto no espera. Conozco algunos aficionados a la fotografía (aunque pocos) que se compran un objetivo cada tres meses, aburridos del que tenían, y de esta forma se pasan la vida intentando entender su objetivo nuevo y no le sacan todo el partido al anterior porque no han pasado las horas suficientes con él. Hay que dedicarle más tiempo a los objetivos para entenderlos del todo (aquí podría disertar sobre las relaciones humanas pero creo que no debería…).

Volvamos al asunto, hablamos de luz y objetivos. Si el fotómetro nos dice que la luz es de 1/8 y f4.0, y queremos mantener f4.0 (pues nuestro objetivo no baja de f4) por la ley de reciprocidad si la ISO la cambiamos a 1600 entonces la obturación será 1/30.

Fotómetro. 1/30, f4, ISO 1600

De ISO 400, 1/8, f4 pasamos a ISO 1600, 1/30, f4.

Imaginemos que cambiamos de objetivo. Para las mismas condiciones de luz, ahora mantenemos la ISO en 400 y colocamos un objetivo, por ejemplo el Canon EF 50 mm f/1,4 USM que tiene muchos fans, así podemos bajar a f1.4 y la velocidad de obturación resultante será de 1/60. Cambio radical. Acabamos de ver la diferencia entre un objetivo con luz y otro increíblemente luminoso.Canon 50mm f1.4

Debería indicar que por debajo de f4, digamos f2.8, f1.4, f1.2, son diafragmas un poco radicales y que el enfoque ha de ser muy preciso (a no ser que estemos enfocando lejos, a la hiperfocal, pero de eso ya hablaremos en otro post).

También comentar que en los extremos de los objetivos suele haber una pérdida importante de calidad, tanto en los extremos de la distancia focal como en los extremos del diafragma. Es decir, que si nuestro objetivo tiene un máximo de apertura de f4.0, mejor usemos 5.6 si nos lo podemos permitir, un pasito más. Igual por arriba, si cierra hasta f22, mejor usar el paso anterior. Con la distancia focal se acusa menos la pérdida de calidad pero siempre que se pueda es mejor no llegar al extremo. Por ejemplo, con mi objetivo de 24-105, mejor no abrir del todo y quedarse en 28, 30 o 35 mílimetros, y lo mismo con el zoom, quedarse en 80 o 100 mm. Pero esto ya es una manía más que otra cosa : )

Fotómetro Así que si colocamos el Canon EF 50 mm f/1,4 USM en nuestra queridísima cámara lo ideal sería no bajar hasta 1.4 y usar un diafragma de 2.8, por ejemplo, que además hace unos retratos formidables con esa apertura y a una distancia razonable.

Volviendo a “mi luz” de este sábado (ISO 400, 1/8, f4), ya sé que si quiero hacer un retrato con el 50mm y con esa luz y no me quiero arriesgar con la velocidad de obturación, mis settings deberían ser, por ejemplo, 1/60 de obturación, f1.4 de apertura, ISO 400. O mejor, para no ser muy radical con la apertura: 1/60 de obturación, f2.8 de apertura y una ISO 1600 (qué remedio…). La luz es la que manda.

Fotómetro

Si te gustó este artículo lo puedes compartir en tus redes (aunque lo estés leyendo unos meses después de su publicación, que también se puede) o dejarme un comentario. Los comentarios en los blogs son como los aplausos para los músicos ¿verdad?, es lo que más se agradece.

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El mar siempre gana (fotos en Muxía)

En agosto de 2012 tuve la oportunidad de acercarme a Muxía, en A Coruña (en el noroeste de España). Para muchos es de sobra conocida, pues fue una de las localidades de España que más afectadas se vieron por la marea negra del barco petrolero Prestige, allá por el año 2002.

Éxtasis - Muxía.

En aquel 2002 aciago yo fui de voluntario a recoger “chapapote” al pueblo de al lado: Camariñas. Aun recuerdo cómo mis compañeros y yo cogíamos el fuel que traía el mar, lo sacábamos de entre las rocas, con los brazos llenos hasta los hombros. Esa sustancia pastosa, pegajosa, muy pesada y de color gris pardo, te quitaba la respiración si te la acercabas demasiado a la cara, era la suma de todos los males, la metíamos en bolsas especiales y de ahí a unos vagones, para que se lo llevara Repsol (que esperaba paciente) para su posterior refinado y reinserción en el mercado. Al día siguiente todo el acantilado volvía a estar repleto de fuel, como si no hubiéramos estado el día anterior.

Han pasado diez años desde aquella tragedia y ahora los que vamos a Muxía tenemos como objetivo principal poco más que comer pulpo, navajas, empanadas, hablar con sus gentes y compartir el vino de Ribeiro. Un cambio sustancial, ¿verdad?

En Muxía hay gente bastante peculiar. Parece que el mar les ha ido modelando el carácter igual que va dando forma a algunas de las piedras de sus acantilados. A algunas personas se les marca en el rostro la dureza de una vida dedicada al mar, y no son pocos los que dejan que por sus ojos asome unos segundos esa mezcla de nostalgia y de resignación que produce el haber perdido a tantos compañeros, la rabia de una vida hacia todo lo malo que trajo el mar se va alisando como los ángulos de las piedras, el mar siempre gana.

O xefe do pobo (el jefe del pueblo).

El Santuario da Virxe da Barca está frente al mar. Lo rodean una serie de piedras con una forma tan peculiar que ha dado pie a todo tipo de leyendas e incluso rituales, les llaman de una forma sencilla “as pedras”. Según la tradición católica, la Virgen acudió a este lugar en una barca de piedra para darle ánimos a Santiago en su predicación. La Romería de la Virgen de la Barca se celebra cada año el segundo domingo de septiembre y es conocida en toda la provincia.

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Una de estas “pedras” ha quedado con su parte cóncava hacia el suelo, de forma que se puede pasar por debajo de ella. Uno de los rituales en torno a esta piedra, al parecer actualmente aceptado por la iglesia católica, es pasar por debajo de la piedra siete veces, haciendo esto dicen que se curan todos los males. Los niños, que ya llevan el pensamiento mágico de serie, se divierten como enanos en primavera con estas piedras, y llega un momento en que no se sabe si han pasado por debajo de la piedra “mágica” siete o setenta y siete veces.

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Si tenéis ocasión de pasar por Muxía no dejéis de hacerlo y, sobre todo, no dejéis de charlar un rato con la gente de allí. Además, está muy cerca de Finisterre, que es donde antes se acababa el mundo. A muchos marineros se les acabó aquí el mundo, en efecto, estamos ante la temible Costa da Morte (costa de la muerte) que tantas vidas se ha cobrado.

Toma

Todas las fotos están hechas con una Canon 5D MK II. Objetivo Canon 24-105 mm f4 EF L IS USM. Sin flash ni trípode.

Postproducción

Elijo las fotos con Adobe Bridge. Con Camera RAW he procesado ligeramente los colores de la única foto en color de esta serie. También con Camera RAW he cambiado algo la exposición en todas las fotos. En las fotos de blanco y negro he ajustado las sombras, los mediotonos y las luces, hasta conseguir que coincidan con mi recuerdo. Con Photoshop se exportaron a 1.000 px en su lado mayor y aplicando una máscara de enfoque de 0,2 de radio y una cantidad de 400.

Feedback

Espero que te haya gustado el mini reportaje. Cualquier comentario o duda sobre las fotos puedes dejarlo aquí en el blog o en mi Twitter. También se agradecen críticas constructivas : )

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Los muertos del cine

Nevaba la última vez que fui al cine. Fui a la calle Martín de los Heros en Madrid, a las salas de versión original. Ahora no recuerdo exactamente qué película vi pero no debió de ser muy interesante porque no la recuerdo. Es raro, porque en los dos cines (Golem y Renoir) que hay al principio de la calle, entrando desde la Plaza de España, las películas suelen estar bien escogidas y casi siempre dejan ese regusto que te hace pensar en la película y en lo que cuenta durante al menos un par de días.

Este año, en 2012, malgasté una tarde de mis vacaciones de verano en Santiago de Compostela para acercarme a una sala de esas de los centros comerciales donde proyectan todo tipo de películas de actualidad, todas hechas en Hollywood, por supuesto, y dobladas al español; no se me ocurren más taras, pero si algo bueno tenía aquel “cine” es que había poca gente: entraron en mi sala unas diez personas, y todas educadísimas, por cierto, a pesar de que la mitad de ellos desafiaron el silencio con unos cubos enormes de palomitas y con todas esas latas de Coca-Cola y de Fanta, y esos envoltorios de plástico marrón y amarillo de los chocolates y, en fin, todos esos víveres que algunos recopilan nerviosos antes de entrar y de que se “selle” la puerta y se queden solos ante la proyección. Gente experta en ese tipo de “cine”, sin duda, porque la mayoría de películas que proyectan suponen casi dos horas baldías, inanes, que hay que rellenar comiendo, bebiendo, o con cualquier otra actividad que podamos hacer sin mirar nuestras manos. (Aquí hago un pequeño inciso y dejo por escrito la nota de escribir algún día un articulín de agradecimiento a una de las grandes aportaciones de las películas comerciales a las salas de medio mundo: la fila de los mancos.)

Pero de lo que yo quería hablar no es del cine sino de sus muertos. Se apagaron las luces de la sala, en la oscuridad casi absoluta parpadeó el proyector con las cabeceras de un par de productoras y entonces empezaron los trailers, esos anuncios cuya intención es promocionar otras películas y que, aparte de destripar principios y finales, en general consiguen que se te quiten las ganas de volver a ese tipo de cine en doce meses. A lo que iba, otra vez: los muertos. No tengo la cuenta exacta, pero entre los trailers y la película, ante mis ojos cayeron unas treinta personas. Unos por hachazo directo, otros por disparo, otros por inmersión, estrangulamiento, explosión, accidente o mordedura de bicho alienígena. Hagamos la cuenta: en dos horas de espectáculo es una cantidad de muertos muy superior a la de cualquier telediario. Pero lo realmente preocupante es que en la pantalla sólo hubo muertos. En dos horas, ciento veinte minutos, los espectadores no vimos ni medio beso, ni medio pezón, ni medio abrazo, ni media lágrima…, todo fue pura violencia gratuita, muertes “al peso”, rencor, disparos, venganzas, gritos de odio, asuntos personales resueltos a las bravas, explosiones y muertos, muchos muertos. En este balance no cuento los desparrames sangrientos de un trailer de zombies, que también los hubo. La película que fui a ver, aclaro, era Prometheus, de Ridley Scott, que resultó ser más de lo mismo…

Los muertos en el cine americano tienen como una escala de valor, algo así: «Si es un animal sí que da pena, pero un zombie o un alien no, no es matar, es otra cosa, es limpiar. Sólo tienen vida digna de respeto los animalitos bonitos y las personas que se parecen a mí». Entiéndase por “se parecen a mí” al target o al público al que se dirige la película, que es normalmente el conjunto de ciudadanos americanos, blancos, cristianos en sus diversas tipologías y de clase media-alta. Aclaro, además, que quedan fuera del grupo de “animalitos bonitos” todo aquel ser que no es humano, que nos da miedo, no dócil o que no se puede acariciar: arañas, cucarachas, avispas, serpientes, perros feos de dientes asesinos, lobos, tiburones… En otras películas lo “asesinable” son los terroristas (o lo que el director y la productora entienden por “terrorista”) o «gente que habla algo que no es inglés y que no se entiende muy bien y a la que mejor no escuchar porque supone un gran esfuerzo».

Desde que somos pequeños vemos en el cine esas muertes, cada vez más violentas, más sangrientas y más elaboradas, por aquello de que el cine tiene que seguir “innovando”, dar espectáculo y mostrar lo nunca visto. El ojo se acostumbra y la cabeza asume que es “de mentira”, pero yo estoy convencido de que tanto muerto ante nuestros ojos insensibiliza, banaliza la muerte, la justifica, la generaliza.

– Un niño de tres años asimila que el bueno levanta el arma y al hacer ¡pum! el malo se cae y ya está muerto, ya no juega.

– Con algo más de edad, a hacer ¡pum! ya se le llama disparar y se hace con pistola, rifle, metralleta o fusil, y se entiende que puedes disparar un número limitado de veces y que hay que recargar de vez en cuando.

– Cerca de los seis años ya se tiene asimilado que ese número limitado de disparos viene dado por las balas que el bueno ha introducido en su revólver antes de la acción, y que tiene que apuntar bien o habrá que disparar más veces porque el malo sólo se muere si se apunta bien, cuando se apunta mal se queda herido y puede seguir jugando.

– Más tarde ya sabemos que del arma sale una bala de metal, que llega al cuerpo del malo y le abre una herida, que puede ser o no de muerte.

– Mario Puzo escondió una pistola en un retrete de un restaurante italiano en Nueva York y uno de sus personajes, Michael Corleone, fue a buscarla, volvió a la mesa donde comía con un oficial de policía y un cabecilla de una banda rival y les disparó, a sangre fría, en el cuello y en la cabeza. Coppola rodó esa escena con maestría y nos enseñó que la sangre que corre por dentro de un ser humano te salpica si le disparas a menos de un metro, y que si la bala se queda en mal sitio, dentro de la glotis, el objetivo se ahoga en su propia sangre mientras lucha por su vida.

– Tarantino ayudó a ver más clara una muerte por disparo y en Pulp Fiction decide que una bala dentro de un coche impacte en una cabeza, a menos de 40 centímetros. El resultado, además de salpicar al que dispara, es que hay que limpiar durante un buen rato la parte trasera del vehículo porque se llena todo de sangre y de trocitos de cerebro y de cráneo.

Lo normal en la historia del cine es que a un personaje se le aplique una muerte en función de su pecado o de su importancia en el guión. Los “extras”, ora árabes, ora rusos, otrora chinos, mueren en explosiones por decenas. En las películas de miedo de los ochenta siempre moría el “amigo negro”, que era «inofensivo y de buen corazón, amigo de los blancos» pero con el que la audiencia objetivo no acababa de empatizar del todo. El malo malísimo moría (y muere) de una forma horrible y agoniza durante minutos, en ocasiones hasta resucita y hay que matarle varias veces. Morir una vez puede que no sea suficiente cuando se es tan malo. Tal vez estén proyectando algo así para el futuro de los condenados a la pena capital en EE.UU., matar varias veces, tantas como pida el odio.

Siempre fuimos una sociedad de guerreros, quizá desde antes del Neolítico. Los dirigentes, los que decidían sobre la vida del resto, eran los que sobrevivían a varias batallas, los más sanguinarios. Ahora el cine se preocupa por seguir cultivando ese odio, no sólo hacia lo diferente, que era lo clásico, sino hacia todo en general. Mantener el nivel de odio es productivo y rentable para una sociedad guerrera, y el cine está haciendo un papel formidable. Deberes para agosto: ¿quién (exactamente) financia esas películas? Me encantaría tener tiempo para listar qué fondos de inversión, particulares e instituciones financian cada tipo de película y sus mensajes. Porque sí es cierto que se busca una rentabilidad «dando lo que la gente quiere ver», eso es trivial, pero, además, en toda película hay mensajes, señales, niveles de violencia y formas de pensar y de ver la vida que no hacen más o menos rentable un producto, son puros canales de ideología. Me estoy alargando, por favor, déjame algún comentario si ves que no voy por buen camino, otro día hablamos de mantener el nivel de miedo, de las aseguradoras y de la venta de armas.

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